Cuando el mundo se sumió en la vejez, y la maravilla rehuyó la muerte de los hombres; cuando ciudades grises elevaron hacia cielos velados por el humo torres altas, temibles y feas, a cuya sombra nadie podía soñar sobre el sol ni las praderas floridas de la primavera; cuando el conocimiento despojó a la tierra de su manto de belleza, y los poetas no cantaron sino a distorsionados fantasmas, vistos a través de ojos cansados e introspectivos; cuando tales cosas tuvieron lugar y los anhelos infantiles se hubieron esfumado para siempre, hubo un hombre que empleó su vida en la búsqueda de los espacios hacia los que habían huido los sueños del mundo.
Poco hay consignado sobre el nombre y procedencia de este hombre, ya que eso correspondía exclusivamente al mundo despierto, aunque se dice que ambos eran oscuros. Baste saber que vivía en una ciudad de altos muros donde reinaba un estéril crepúsculo; y que se afanaba todo el día entre sombras y alborotos, volviendo a casa por la tarde, a una habitación cuya ventana no daba a campos y arboledas, sino a un penumbroso patio hacia el que muchas otras ventanas se abrían en lúgubre desesperación. Desde ese alféizar no se divisaba sino muros y ventanas, a no ser que uno se inclinara mucho para escudriñar hacia lo alto, hacia las pequeñas estrellas que pasaban. Y dado que los muros desnudos y las ventanas conducen pronto a la locura al hombre que sueña y lee demasiado, el inquilino de este cuarto solía asomarse noche tras noche, escrutando a lo alto para vislumbrar alguna fracción de cosas que estaban más allá del mundo despierto y de la grisura de la elevada ciudad. Con el paso de los años, fue conociendo a las estrellas de curso lento por su nombre, y a seguirlas con la fantasía cuando, con pesar, se deslizaban fuera de su vista; hasta que al fin su mirada se abrió a la multitud de paisajes secretos cuya existencia no llega a sospechar el ojo mundano. Y una noche salvó un tremendo abismo, y los cielos repletos de sueños se abalanzaron hacia la ventana del solitario observador para mezclarse con el aire viciado de su alcoba y hacerle partícipe de sus fabulosa maravilla.
A ese cuarto llegaron extrañas corrientes de medianoches violetas, resplandeciendo con polvo de oro; torbellinos de oro y fuego arremolinándose desde los más lejanos espacios, cuajados con perfumes de más allá de los mundos. Océanos opiáceos se derramaron allí, alumbrados por soles que los ojos jamás han contemplado, albergando entre sus remolinos extraños delfines y ninfas marinas, de profundidades olvidadas. La infinitud silenciosa giraba en torno al soñador, arrebatándolo sin tocar siquiera el cuerpo que se asomaba con rigidez a la solitaria ventana; y durante días no consignados por los calendarios del hombre, las mareas de las lejanas esferas lo transportaron gentiles a reunirse con los sueños por los que tanto había porfiado, los sueños que el hombre había perdido. Y en el transcurso de multitud de ciclos, tiernamente, lo dejaron durmiendo sobre una verde playa al amanecer; una ribera de verdor, fragante por los capullos de lotos y sembrado de rojas calamitas...
—Mucho me temo que el fantasma exista —dijo lord Canterville sonriendo—, aunque no haya aceptado todavía las ofertas de los empresarios americanos. Hace más de tres siglos que su existencia es conocida; exactamente desde el año 1584; aparece siempre que va a ocurrir una defunción en la familia. —¡Bah! Igual hacen los médicos de cabecera, lord Canterville. Los fantasmas no existen,amigo mío, y supongo que las leyes de la Naturaleza no hacen una excepción con respecto a la aristocracia inglesa. —Verdaderamente —dijo lord Canterville sin acabar de comprender la última observación del señor Otis—, ustedes se apasionan por la naturalidad. Ahora bien, si no les importa tener un fantasma en casa, allá ustedes; pero recuerde que yo le he prevenido.
Unas semanas más tarde se cerró el trato, y al terminar la temporada el ministro y su familia se trasladaron al castillo de Canterville. La señora Otis, de soltera señorita Lucrecia R. Tappan (de la calle de West, núm. 53) había sido una belleza en Nueva York y aún era una mujer hermosa,de edad madura, con unos ojos y un perfi l soberbio. Muchas americanas, cuando salen de su patria, suelen adoptar aires de persona delicada de salud, imaginándose que es una señal de distinción en Europa; pero la señora Otis no cometió nunca esta equivocación. Poseía una constitución espléndida y una gran vitalidad; en muchos aspectos era completamente inglesa, y se la hubiera podido citar como ejemplo de que Inglaterra y Estados Unidos lo tienen todo en común, menos el idioma, naturalmente.
Su hijo mayor, llamado Washington en un acceso de patriotismo paterno que él lamentaba siempre, era un muchacho de pelo rubio y buena presencia. Se había constituido en candidato a la diplomacia dirigiendo el cotillón en el casino de Newport durante tres temporadas consecutivas,y hasta en Londres tenía fama de ser un bailarínextraordinario. Sus únicos caprichos eran las gardenias y la aristocracia; por lo demás, era completamente sensato. La señorita Virginia E. Otis, su hermana, era una muchacha de quince años, graciosa y ligera como un gamo, con un aire de ingenuidad dulce en sus grandes ojos azules. Cabalgaba maravillosamente y una vez derrotó al viejo lord Bilton por un cuerpo y medio, precisamente frente a la estatua de Aquiles, después de dar dos vueltas al parque con su jaca, lo cual entusiasmó de tal manera al joven duque de Cheshire, que inmediatamente la pidió en matrimonio. Los tutores del joven duque tuvieron que mandarlo a Eton aquella misma noche, bañado en un mar de lágrimas. Después de Virginia venían dos gemelos, conocidos en la intimidad con el apodo de «Estrellas y Barras», porque se les veía por todas partes con este emblema. Eran dos chiquillos encantadores, y formaban, con el ministro, el único grupo verdaderamente republicano de la familia. El castillo de Canterville está a siete millas de Ascot, la estación más cercana. El señor Otis telegrafió para que salieran a buscarlos en un coche abierto, y emprendieron la marcha con alegría. Era una noche de julio de temperatura deliciosa y el aire estaba saturado del olor de los pinos. De cuando en cuando se oía el arrullo de las palomas con su voz dulce, y las pechugas doradas de los faisanes se divisaban entre la maraña rumorosa de los helechos. Desde las copas de las hayas las ardillas espiaban su paso, y los conejos atravesaban velozmente los matorrales con sus tiesos rabos blancos. De pronto, apenas llegados a la avenida del castillo, el cielo se encapotó y un silencio misterioso pareció invadir el ambiente; una bandada de cornejas revoloteó por encima de sus cabezas, y antes de que llegaran al castillo comenzaron a caer gruesas gotas. Una mujer de edad vestida pulcramente de seda negra, cofi a y delantal, los recibió en la escalinata. Era la señora Umney, el ama de llaves, que seguiría en su puesto porque así lo había pedido vivamente lady Canterville. Se inclinó reverenciosamente ante la familia y dijo con la tradicional cortesía de otros tiempos: —Sean bienvenidos los señores al castillo de Canterville. Ellos la siguieron a través de un hermoso vestíbulo de estilo Tudor y llegaron a la biblioteca: un salón espacioso y alargado, con un ventanal con vidriera al fondo. El té estaba preparado, y después de quitarse los abrigos se sentaron todos,dirigiendo miradas de curiosidad mientras el señor Umney les servía.
Súbitamente la señora Otis clavó los ojos en una mancha de color rojo oscuro que había en el suelo, junto a la chimenea; sin fi jarse en lo que signifi caba, dijo al ama de llaves: —Me parece que se ha derramado algo en el suelo. —Sí, señora —dijo la señora Umney en voz baja—, se ha derramado sangre... —¡Pero esto es terrible! —exclamó la señora Otis—. No me gustan las manchas de sangre en los salones. Hay que limpiar eso en seguida. La anciana sonrió y añadió con la misma voz baja y misteriosa: —Es sangre de lady Leonor de Canterville, que fue asesinada en este lugar por su propio esposo,sir Simón de Canterville, en el año 1575. Él sobrevivió nueve años a su crimen y desapareció repentinamente en circunstancias muy misteriosas.Su cadáver no llegó a ser encontrado nunca, pero su alma en pena sigue embrujando las paredes de esta casa. La mancha de sangre ha sido admirada por muchas personas, turistas especialmente, pero no hay manera de hacerla desaparecer. —¡Tonterías! —pensó Washington Otis—. El quitamanchas «Campeón», fabricado por la casa Pinkerton, es capaz de borrarla en menos que canta un gallo. Y antes de que la aterrorizada ama de llaves pudiera impedirlo, se arrodilló y frotó vigorosamente el entarimado con una sustancia de color negro parecida a una barra de cosmético. A los pocos segundos, la mancha desapareció sin dejar huellas. —¡Ya me imaginaba que el producto Pinkerton lo haría! —exclamó triunfalmente, mirando a su asombrada familia. Pero apenas hubo pronunciado estas palabras, la estancia quedó iluminada por un relámpago terrible, y el fragor de un trueno los levantó en vilo a todos, salvo a la señora Umney, que cayó desmayada. —¡Qué clima tan desagradable! —exclamó el ministro encendiendo tranquilamente un cigarro—. Supongo que el país de nuestros abuelos está tan superpoblado que no hay bastante cantidad de buen tiempo para todos. Siempre he sido de la opinión que lo mejor que pueden hacer los ingleses es emigrar. —Querido Hiram —contestó la señora Otis—, ¿qué vamos a hacer con una mujer que tiene la costumbre de desmayarse? —Le descontaremos parte de su salario —dijo el ministro—. Verás como no volverá a repetirlo. En efecto, la señora Umney recobró el conocimiento en seguida. Sin embargo, se la veía profundamente afectada, y anunció con voz solemne que sucedería alguna desgracia inmediata en el castillo.
—Señor, he visto con mis propios ojos cosas tales que erizarían los pelos a cualquier cristiano; durante noches y noches no he podido conciliar el sueño, a causa de los hechos increíbles que suceden aquí. A pesar de todo, el señor Otis y su esposa aseguraron a la vieja que no temían en absoluto a los fantasmas; y la señora Umney se retiró cojeando a su habitación, después de invocar la protección de la Providencia y de hacer insinuaciones acerca de un posible aumento de salario.
Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perduran los siglos oscuros. Sólo una vez he visitado esa costa; y aunque está enfrente de la tranquila ciudad italiana donde he vivido muchos años, la insensatez y la trasmigración de la leyenda casi no me asombraron, ante la selva en que retumbaban los leones y el oscuro desierto rojo. Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Rogó que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y de su arboleda, como un maestro y sus alumnos. Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino el movimiento, no la voracidad ni la destrucción. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas, y el árbol sintió un vasto deseo de apresar a los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos. Al fin, el tentador lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales. El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió a los pájaros azules, y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera todos los árboles dieron hojas, salvo este que dio plumas que eran estrelladas y azules. Y por esa monstruosa asimilación, el pecado se reveló.
Tom llegó a la antesala de los ascensores. Puntual como cada mañana a pesar del día otoñal de lluvia torrencial, y con los vapores del sueño todavía sin despejar. Con más resbalones de los acostumbrados y a equilibrios con el maletín, porque el servicio tenía la mala costumbre de encerar el suelo de mármol a diario, y las goteras de las gabardinas y los paraguas de los oficinistas lo habían convertido en una pista de patinaje.
La misma hora de cada día, el mismo ascensor y la misma gente. En la espera del timbrazo de llegada y mientras disimulaba buscar en el maletín unos documentos extraviados que nunca tuvo ni perdió, reparó una vez más en los habituales que esperaban junto a él. Extraños de los que no conocía ni el nombre y que apodaba en el refugio de su intimidad por el trabajo que desempeñaban. El estirado de traje impecable que siempre rezaba murmullos por la salvación de los balances de ventas, el bajito de mirada asustada con abrigo hasta las rodillas y que susurraba un tímido Buenos días, la secretaria sin edad y demasiado formal del piso de arriba, el gerente malhumorado del piso de abajo, el recién casado y compañero de empresa siempre con la corbata torcida y del que ni siquiera sabía el nombre, la insípida traductora de la distribuidora de mecanizados…
Un zumbido y las hojas de aluminio se abrieron. Tom entró como todos, con empujones formales para coger el mejor sitio en alguno de los rincones. A punto de cerrarse alguien detuvo el cierre automático, Irene la jefa del departamento octavo.
Entró como un soplo de aire fresco, con una sonrisa de cortesía repartida a los pasajeros y pisando fuerte para que todos admirasen los tacones de los zapatos nuevos y de paso las medias de seda negra que ascendían sugerentes…
Para Tom, que consideraba al ascensor una especie de sarcófago de aluminio, el silencio diplomático de los pasajeros rozaba el absurdo. Todos, incluido él, parecían concentrados en los trajines laborales pero en realidad se mordían la lengua porque deseaban chismorrear a todo trapo de los pasajeros. Atentos todos, incluido él, del menor murmullo, del más sincero carraspeo, escudriñando en el pequeño horizonte para encontrar una mirada reveladora. Pero como ninguno tenía cómplice de viaje no tenían más remedio que fisgonear de reojo y apuntar en la memoria los falsos chismes de oficinista que luego murmurarían en las tertulias de pasillo.
La presencia de Irene compartiendo el mismo espacio vital le superaba, y no solo a él, podía notar en el resto de pasajeros la misma perturbación que él padecía. Sería el perfume que engatusaba los sentidos, el resplandor cegador del maquillaje, la majestuosidad de los gestos, la poderosa personalidad que empequeñecía al resto de mortales que compartían ascensor.Tom hasta respiraba con disimulo, fuese que semejante reina se incomodara por la osadía de plebeyo.
Apenas dos días antes, Irene, Tom y el ascensor compartieron el mismo sueño. Por supuesto fue la conciencia de Tom quien manejó el argumento, y como el sueño glorioso no podía culminarse de otra manera, Irene se convirtió en la diva ardiente y desenfrenada de sus fantasías más voluptuosas, y tanto se convirtió que hasta consiguió arrancarle los botones de la camisa a mordiscos.
Estaba enamorado de ella. Sin condiciones y en absoluto secreto, con todo el empeño al que un oficinista insignificante podía aspirar sin descubrirse en la audacia o en el ridículo. Cada noche de insomnio pensaba en ella, hasta el punto en que ya no sabía siella era la culpable de su mal sueño o si no podía conciliarlo porque pensaba en ella. Pero una vez despierto, y con la pesadilla amorosa diluida en el pozo del olvido, conseguía vengarse con creces. Así, en las tertulias de pasillo y ante otros charlatanes tan truhanes como él, conseguía mancillarla hasta convertirla en la fulana jefa del departamento octavo.
Ella nunca se fijaría en él, Tom lo sabía desde el día en que la saludó con la mejor sonrisa que pudo representar y que ella despreció esquivando la mirada con un gesto altivo propio de una reina, eso sí, le obsequió con la contemplación del cuello más hermoso que vería nunca…
Tom tenía las dos batallas perdidas, la de Irene y la de sus sentimientos, y lo sabía. Nunca podría aspirar a más osadía que soñar con ella, o a rozarla con mucha delicadeza en los apretones de ascensor. Y los sentimientos incluso habían planeado deportarla al otro lado de la frontera, la que separa el amor del odio. Pero nunca lo conseguiría porque sin pretenderlo, Tom había alzado un muro infranqueable que ni él mismo podía derribar, era el muro oscuro de la Soledad y la única luz que lo guiaba en esas tinieblas era Irene. Soltero sin familia ni amigos y sin aspiraciones a mejorar, Tom se mantenía gracias a tres hilos tan endebles que el destino ni se había preocupado en cortar: Los sueños con Irene, el café del almuerzo y el maletín desconchado que le acompañaba a todas partes.
La misma hora de cada día, el mismo ascensor y la misma gente. Pero un incidente, que todos achacaron a los cortes de luz por culpa del maldito día de otoño, sacudió el destino de todos los pasajeros del ascensor. Aunque tiempo después, todos reconocerían la mano del destino implicada en los hechos.
El frenazo inesperado sacudió a los pasajeros y por unos instantes perdieron el equilibrio y tropezaron entre sí. Serían maniobras del destino pero coincidieron en los tropiezos dos a dos, iluminados bajo la sombra escarlata del reflector de emergencia.
Fue la primera vez que vieron sonreír al gerente malhumorado mientras agarraba, pareció casual, la corbata del recién casado sin nombre. La secretaria recatada se desmelenó por un instante, también pareció casual, y aterrizó con sus enormes pechos sobre el asombrado y tímido hombrecillo del abrigo hasta las rodillas. Irene, esta vez no pareció tan casual, desplomó todo su cuerpo de mujer deseada sobre el asombrado talludo de traje impecable. Tom, desconcertado por la instantánea encarnada, recibió sobre su boca el aliento bendito de una voz que le penetró hasta las entrañas: Perdón.
Esta secuencia inesperada y absurda que ninguno de ellos hubiese imaginado ni en el sueño más caprichoso transcurrió en el curso de un parpadeo, pero fue suficiente para cambiar para siempre el destino de todos los pasajeros encerrados en el sarcófago de aluminio.
Tras el instante vergonzoso y entre murmullos que debieron de ser de disculpas pero que no consiguieron excusar nada, todos intentaron regatear las miradas picarescas de los otros y acusar con la propia. Todos quisieron inculpar al vecino pillado en la falta y así ocultar la culpa, pero todos fueron descubiertos, porque todos sintieron la fuerza instintiva que reprimían en su interior y que gracias a un ascensor desbocado habían conseguido, por fin, sacudirse.
Tom perplejo. Nadie parecía preocupado por el encierro obligado y claustrofóbico al que estaban sometidos en el sarcófago de aluminio, ni siquiera él, absorto en la escena inaudita que vivía. El gerente otrora siempre malhumorado yacía sentado en una de las esquinas junto al recién casado. Ambos sonreían, el gerente con la mano apoyada en uno de los muslos del recién casado, que por primera vez demostraba una corbata en condiciones. Junto a ellos el hombrecillo tímido se había despojado del abrigo para empercharlo sobre los hombros de la secretaria. Sin el abrigo no parecía tan bajito, y ella guarnecida en un mantón de hombre y con un mechón rebelde sobre la frente había explotado toda la sensualidad que tenía aprisionada bajo el forro de secretaria. Irene y el talludo de traje impecable confundidos en uno. De espaldas al resto, en la esquina que debería ser la más oscura, coqueteando en la intimidad compartida que solo un ascensor repleto de prisioneros puede ofrecer, pero nadie prestó atención a los extraños movimientos de la pareja porque todos estaban preocupados de sus propios asuntos.
Tom perplejo. De pie, justo en el medio de todo el pasaje, contemplado maravillado la preciosa mujer emergida en un golpe de ascensor. Perdón… Esta sola palabra en labios de la traductora había conseguido desmantelar la escasa sensatez que lo mantenía como persona. Perdón… Sí, pero Tom supo leer entre líneas, reconoció el acento irónico, el matiz cínico, el deje sarcástico, el énfasis erótico y toda una retahíla de confesiones amorosas escondidas tras el timbre mágico del canto de sirena.
En un solo segundo y con un soplo de su aliento, aquella insípida traductora había conseguido derribar para siempre el muro de soledad que Tom había cimentado en años de infortunio.
El gerente otrora siempre malhumorado y el recién casado de corbata torcida congeniaron para siempre, y lo hicieron porque uno rescató para siempre la sonrisa bondadosa que arrinconó en el baúl de la vergüenza machista y el otro porque abolió un matrimonio de conveniencia y sin amor que nunca deseó.
El hombrecillo tímido del abrigo hasta las rodillas saludó desde ese día a pleno pulmón y se vistió con los abrigos acordes a su talla que su mujer le facilitaba, ella por siempre con un mechón rebelde y con aires de mujer recién estrenada.
Irene la jefa del departamento octavo y el talludo de traje impecable fueron inseparables por siempre. Ella siguió siendo la jefa en su departamento pero ya nunca más sería la reina que todos envidiaban ni la fulana que todos deseaban, y no lo sería porque había encontrado detrás del traje impecable a un hombre que en verdad la quería como ella deseaba, como mujer que no era ni reina, ni jefa, ni por supuesto fulana.
La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico. Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas. Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora. - Vendo biblias - me dijo. No sin pedantería le contesté: - En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta. Al cabo de un silencio me contestó: - No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir. Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay. - Será del siglo diecinueve - observé. - No sé. No lo he sabido nunca - fue la respuesta. Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño. Fue entonces que el desconocido me dijo: - Mírela bien. Ya no la verá nunca más. Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz. Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije: - Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad? - No - me replicó. Luego bajó la voz como para confiarme un secreto: - Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de una rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin. Me pidió que buscara la primera hoja. Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro. - Ahora busque el final. También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía: - Esto no puede ser. Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo: - No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número. Después, como si pensara en voz alta: - Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo. Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté: - ¿Usted es religioso, sin duda? - Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico. Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume. - Y de Robbie Burns - corrigió. Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté: - ¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico? - No. Se lo ofrezco a usted - me replicó, y fijó una suma elevada. Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan. - Le propongo un canje - le dije -. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres. - A black letter Wiclif - murmuró. Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo. - Trato hecho - me dijo. Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó. Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre. Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches. Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cual, elevada a la novena potencia. No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro. Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad. Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta. Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta. Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.
JORGE LUIS BORGES Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 - Ginebra, 14 de junio de 1986)
El libro de arena parece ser en muchos aspectos una reescritura de La biblioteca de Babel. Si en aquel cuento Borges describía una biblioteca infinita, poblada por infinitos libros que contenían infinitas veces todos los textos posibles, en este cuento esa fantasía se expresa en un único libro. En la nota final de La biblioteca de Babel, Borges anticipa este cuento:
Letizia Álvarez de Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nueve o cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. (...) El manejo de ese vademécum sedoso no sería cómodo: cada hoja se desdoblaría en otra análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés.
El libro de arena también recoge la obsesión de un personaje hacia un objeto desarrollada en El Zahir (o el poder que ejerce un objeto sobre el personaje), así como el recurso de la autorreferencia.
¿Por qué correis todos? No lo hagais, no merece la pena... Verás como alguno se tropieza y la liamos. Que blanco está el techo, casi huele a recién pintado aún. Que extraño, no consigo parpadear. Bien. Supongo que empieza a hacer efecto. Pero no es como esperaba, no tengo sueño, no puedo cerrar los ojos. Uy, si acaba de pasar por encima de mi, de un ridiculo salto... Y este es.... es..... No, el no, que no me mire por Dios, llevaoslo de aqui, ¡el no! ¡Que no mire! No tenía que haber llegado tan pronto y vosotros tampoco ¡No me toqueis! Que alguien se lo lleve por favor... que no me mire... Sueltame la mano, ¿no ves que ahí no late nada? ¿Que buscas? Y ahora el cuello... ¡No pongas esa luz en mis ojos, aún están abiertos! Quita de ahí, no me dejas ver el techo, está tan blanco, como recién pintado... Ni se os ocurra moverme, iros todos, no quiero a nadie aqui, pero ¿por qué no me dejais tranquila? Quiero echar a correr para quedarme sola pero no puedo moverme, el cuerpo no me responde, y sigo sin poder parpadear. No me pongais encima de ese chisme... no... no.... ¡No me lleveis fuera, no quiero irme de aqui! El techo se mueve... No... Dejad que lo siga observando, no me lleveis... Decidle que no corra, a ver si en lugar de tropezar nos la damos y volvemos a liarla. Si total, no llegaré. No me gusta el techo de este sitio, está demasiado cerca de mi cara. Y necesito parpadear para cerrar los ojos de una vez por todas. ¿Y ahora que? Venga ya, no me lo digais, más carreras, más prisas. Qué perdida de tiempo. ¿Y ella que hace aqui? Por qué se preocupará, como si no tuviera cosas mejores que hacer, aún le quedan dos por atender, los mejores. Uuuuuy.... Este techo sí está blanco pero hay demasiadas luces. No me hacen daño si las veo pasar asi de rápido. ¡Más rápido! ¡Más! A ver si le ganamos la carrera y llegamos antes que ella... No seais gilipollas, si me está esperando allí mismo y me llevará de la mano... Deja mi boca en paz, no pienso abrirla, no la fuerces... no... Dejadme ir por favor, no lo entendeis, no hagáis nada por conseguirlo porque no pienso quedarme. Esa mascarilla solo conseguirá que me vaya más rápido pero después dejad de haceros los héroes, no habéis llegado a tiempo y me alegro. Dejadme tranquila, no voy a despertar más.... no voy a despertar... no, no lo haré...
...
No debería estar escuchando mi nombre, no quiero oirlo. Está todo tan oscuro que sé que lo he conseg...... ¿Por qué se abren mis ojos? ¿Por qué ahora si puedo parpadear? Ese techo no es blanco, en los techos no hay puertas. Y yo no estoy en el suelo... Yo solo quería irme...
Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir”… Eclesiastés 3:1-2 Era una noche oscura y fría. Daniel bebía un café sentado en su sillón favorito en la sala de estudio de su casa. Su familia dormía, mientras él reflexionaba sobre muchas cosas, tantas, que perdió la noción del tiempo. Eran las tres de la mañana, llevó su taza vacía al lavaplatos, y abrió el refrigerador para prepararse algo de comer. Cuando cerró la puerta vio junto a él a una figura muy conocida, pero nada apreciada…era la muerte!! La espectral imagen le arrebató el sueño en un instante, lo miró fijamente y le dijo con voz tenue: -¿Sabes a qué he venido? El asintió con la cabeza y dijo: - Sí, lo sé, ya es mi hora Confundida, la muerte preguntó a su víctima: -¿No vas a llorar? ¡Todos lo hacen! se arrodillan, suplican, juran que serán mejores, ruegan por otra oportunidad; mientras que tú, aceptas mi llegada con resignación. Temeroso aun y con un nudo en la garganta, Daniel respondió: -¿De qué serviría? Nunca me darás otra oportunidad, tú solo haces tu trabajo. -No lo entiendes, dijo Daniel con tono de reproche, yo perdí a mi padre cuando tenia 15 años, y mi sufrimiento fue grande… pero mi hija menor tiene tan solo 4, déjame decirle que la amo. -Tienes razón, yo solo hago mi trabajo. -¿Puedo despedirme de mi familia? preguntó Daniel con la ligera esperanza de recibir un sí. Tú has dicho que solo hago mi trabajo, yo no decido la hora ni el lugar, mucho menos los detalles. -¡Lo siento! dijo Daniel. -No tienes que disculparte, poca gente piensa en su familia mientras está en vida pero al llegar este momento, todos piden lo mismo. Tuviste 4 años para decírselo, tuviste muchos días libres, muchos cumpleaños, fiestas, y otros momentos en que pudiste decirle a tu hija que la amas … pero ¿Por qué solo pensaste en tu hija? -Mi hijo mayor no me creería, y mi esposa, bueno … a ella no creo que le interese si la amo o no. Nos hemos distanciado mucho. Pero mi niña, no hay día que entre por la puerta y no esté ahí para recibirme con un beso. -Deja de hablar, se hace tarde, lo interrumpió la Muerte, pero … está bien ¿sabes? este momento hace que mucha gente haga conciencia de cómo vivió su vida. Lástima que lo hagan demasiado tarde . Dime … ¿qué pensabas cuando te casaste? - Pensaba en ser feliz, en formar una linda familia, en formar parte de la alta sociedad. -¿Y lo lograste? -Es broma ¿verdad? Me encontraste solo en mi cocina, durante la madrugada, y te pedí despedirme de mi hija. Es obvio que no lo hice. Si hubiese mostrado más amor a mi familia, la solicitud de despedirme no hubiera sido necesaria. Ya las lágrimas se habían secado del rostro de Daniel y de pronto exclamó suavemente: ¡Jaque Mate! La muerte sonrió y dijo: -¡Felicidades! Daniel suspiró y respondió: - Es una pena que no sirva de nada. No me importaba ganar, de todos modos ya estoy aquí … Un simple juego de ajedrez no aleja mi mente de mi familia, mis hijos, mi esposa... Las lágrimas brotaron de nuevo en el rostro de Daniel quien se cubrió el rostro con ambas manos. Mientras él sollozaba, la Muerte exclamó: -¡Llegamos Daniel intentó calmarse, pero al abrir los ojos estaba de nuevo en su viejo sillón. Secó sus lágrimas. Eran las 6:45 de la mañana, y en lugar de gritar -¡ESTOY VIVO! Como lo haría cualquier otro, salió al patio y dijo con voz tenue: GRACIAS, DIOS MÍO … Entró de nuevo a su casa, entró a la habitación de su hija y la abrazó, a la de su esposa e hizo lo mismo. Entró al cuarto donde dormía su hijo, le hizo cosquillas en los pies, y le dijo: - Hijo, despierta ¡es domingo! -¿Me despiertas para decirme que es domingo? -No hijo, los desperté para decirles que los amo!
No esperemos el momento en que nos corresponda jugar ajedrez, a las cartas, o a lo que sea, con la Muerte, mucho menos para pedirle más tiempo, o solo una oportunidad. Hagámoslo ahora, hoy es el tiempo propicio para decir a nuestros seres queridos que los amamos …
Un samurai violento, con fama de provocar pelea sin motivo, llegó a las puertas del monasterio zen y pidió hablar con el maestro.
Sin titubear, Ryokan acudió a su encuentro.
-Dicen que la inteligencia es más poderosa que la fuerza –comentó el samurai. -¿Acaso usted puede explicarme lo que son el cielo y el infierno?
Ryokan permaneció en silencio.
-¿Ve? –exclamó el samurai. –Yo podría explicar eso mismo muy fácilmente: para mostrar qué es el infierno, basta con darle a alguien una paliza. Para mostrar lo que es el cielo, basta con dejar que alguien huya, después de haberlo amenazado mucho.
-No discuto con personas estúpidas como tú –comentó el maestro zen.
Al samurai le subió la sangre a la cabeza. Su mente se puso turbia de odio.
-Esto es el infierno –dijo Ryokan, sonriendo. –Dejarse provocar por tonterías.
El guerrero se quedó desconcertado con la valentía del monje, y se relajó.
-Eso es el cielo –terminó Ryokan, invitándolo a entrar. –Rechazar las provocaciones estúpidas.
Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquel que dirigía las pastorelas y que murió recitando el "rezonga, ángel maldito" cuando la época de la influencia. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra, que era requetealta y que tenía los ojos zarcos; y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba su ataque de hipo, que parecía como si se estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban afuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Ésa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos. Acuérdate. Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinero pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre músicas y coros de monaguillos que cantaban "hosannas" y "glorias" y la canción esa de "ahí te mando; Señor, otro angelito". De eso se quedó pobre, porque le. resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años. La debes haber conocido, pues era realegadora y cada rato andaba en pleito con las marchantas en la plaza del mercado porque le querían dar muy caro los jitomates; pegaba de gritos y decía que la estaban robando. Después, ya de pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña "para que se les endulzara la boca a sus hijos". Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella. Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en la bolsa: canicas ágatas, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos. Nos traficaba a todos, acuérdate. Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a los pocos días de casado y que Natalia, su mujer, para mantenerse, tuvo que poner un puesto de tepache en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas desafinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio, nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache, que siempre le. quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos. Quizá entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento. Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos, pasándolo por en medio de una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándonos a todos con la mano y como diciendo: "Ya me las pagarán caro." Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote. Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso. Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo. Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta por aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en una banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no conociera a la gente. Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando todavía estaban tocando las campanas el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos, y la gente que estaba en la iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín, donde se estuvo tendido. Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio. Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran. Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.
Las cinco amigas habían decidido pasar dos días juntas, un fin de semana diferente. A todas les encantaban las historias de miedo y por eso se habían animado a alquilar aquella casa rural en el centro de un pueblecito medio abandonado. Aquella localidad tuvo gran relevancia en otras épocas lejanas, pues estaba situada en las inmediaciones de un castillo medieval, centro neurálgico de poder en los tiempos de la aristocracia feudal.
Alguien les comentó que aquel viejo caserón destacaba de entre todas las construcciones y que su aspecto se asemejaba más al de un castillo encantado que al de una casa rural. Al parecer, la dueña de la casa era lo más parecido a una ama de llaves de las películas de terror. Estos argumentos les parecieron inmejorables, y el decorado, muy adecuado para vivir un fin de semana terrorífico. Las cinco amigas quedaron gratamente sorprendidas cuando conocieron la lúgubre vivienda y a su enigmática custodia. Realmente la inquietud se respiraba en cada rincón, y aunque buscaban emociones fuertes, por alguna causa desconocida procuraron no separarse las unas de las otras. Deshicieron juntas las maletas, iban al baño de dos en dos, cenaron pegadas y también en grupo se sentaron frente a la chimenea encendida para tomar un té y calentarse un poco en aquella noche especialmente gélida. Mientras charlaban animadas se apagaron las luces de la casa. La luz de las llamas proyectaba extrañas y caprichosas formas en las paredes y en el techo... De repente la puerta chirrió con un sonido penetrante y se abrió de golpe. Seguidamente entró la dueña. Su cara se deformaba por las sombras que salpicaban su rostro causadas por un candelabro oxidado que sujetaba entre sus manos huesudas. Ninguna de las cinco pudo evitar un grito agónico y entrecortado que les provocó la inesperada aparición. —¡Por favor, chicas, no os asustéis! —susurró la extraña mujer con la intención de tranquilizarlas—. ¡No ha sido más que un apagón! En este pueblo sucede a menudo. Por cierto... ¿Todo es de vuestro agrado? Las jóvenes se acurrucaron unas contra otras limitándose a asentir. —Ya que estáis todas juntas... ¿Qué os parece si os cuento una leyenda? ¿Os gustan las historias de miedo? Se miraron entre sí, y una actuó de portavoz del grupo: —No estaría mal. ¿Se sabe alguna? —¿Alguna? —contestó la dueña dejando escapar una sonrisa irónica—. Claro que sí. Conozco... ¡La Historia! —exclamó enfatizando estas últimas palabras. Una ráfaga de viento avivó el fuego y la sala se iluminó de súbito. —Os he dicho que se trata de «La Historia» porque transcurrió aquí, en el interior de esta humilde casa. Entre estas paredes vivía una joven de lo más agraciada, lo tenía todo: guapa, alta, de figura delicada... ¡Qué curioso! ¡Tendría más o menos vuestra edad! En cierta ocasión fue invitada a un baile que celebraba el hijo de una de las familias más pudientes de la zona. Al parecer, el joven se había fijado en la muchacha y tras localizar su dirección decidió mandarle una invitación para la fiesta. ¡Imaginaos qué contenta se puso aquella joven! Sería su oportunidad de conocer un mundo muy diferente al suyo y hasta ¿quién sabe?, tal vez podría enamorar a aquel muchacho y llegar a convertirse en su mujer. Entre sueño y sueño, la joven se percató enseguida de un detalle: carecía de un vestido apropiado que lucir aquella noche y tampoco tenía dinero para derrocharlo de esa forma. Una de sus amigas, al verla tan triste le dijo: «¿Y por qué en vez de comprar un traje de baile, no lo alquilas? Seguro que es mucho más barato». La joven se acercó hasta la modista del pueblo y por una cifra razonable consiguió para la fiesta un precioso modelo, digno de una princesa, y que además se ajustaba a su cuerpo como un guante. Estaba realmente guapa y distinguida y fue la sensación de aquella velada. No paró de seguir el compás de la música en toda la noche mientras los pretendientes hacían cola y se la disputaban. Ella estaba radiante y pensaba que su suerte iba a cambiar. Exhausta por el baile, comenzó a marearse, se acercó hasta una ventana intentando que el aire fresco la reanimara. ¡No funcionó! Cada minuto que transcurría iba encontrándose peor. Reuniendo las escasas fuerzas que le quedaban, regresó a su hogar, o sea, esta casa, y se tumbó en el sofá, justo en ése en el que ahora estáis sentadas. Una de las amigas dio un respingo instintivamente. Otra se levantó para sentarse en el suelo y poder escuchar la historia, más de cerca sin perderse detalle. —Como os decía, la muchacha se encontraba realmente mal; su madre, alarmada, le colocó paños fríos en la frente para intentar calmar aquel desasosiego. La chica, entre sudores, no dejaba de gritar que una mujer se le aparecía gritándola: ¡Devuélveme el vestido!, ¡devuélveme el vestido!... ¡Pertenece a los muertos! La madre estaba cada vez más angustiada escuchando a su hija, viendo cómo sus ojos iban perdiendo vida, cómo se consumía lentamente. A las pocas horas la joven falleció ahí mismo, en el sofá. Con gran consternación y extrañeza, el forense que realizó la autopsia del cadáver descubrió que la muchacha había muerto envenenada ¡con productos de embalsamar! Al parecer, restos del citado líquido depositados en el vestido habrían penetrado a través de los poros de su piel a medida que su cuerpo iba calentándose por el baile. La policía inició las investigaciones pertinentes y se presentó en la casa de la modista. La dueña se vio obligada a declarar que un enterrador se lo había vendido a su ayudante. Sin duda, debía de haberlo robado del cuerpo sin vida de una joven justo antes de que cerraran definitivamente el féretro. Inesperadamente retornó la luz a la estancia. Las amigas gritaron de nuevo, lo estaban pasando realmente mal. —¡Venga, chicas, tranquilas! ¡Que ya llegó la luz! Bueno, espero que os haya gustado la historia —aquella enigmática mujer se levantó y volvió a coger el candelabro—. Y ahora os dejo, ¡mañana tengo que madrugar! ¡Que paséis buena noche!... ¡Ah! Y si veis a una joven con un precioso vestido de fiesta en medio del pasillo...¡no os asustéis! La dueña salió de la estancia riéndose de su propio sarcasmo y las jóvenes decidieron también irse a dormir... Eso sí, ¡todas juntas en una habitación!
Siempre me descubro reverente al paso de las mujeres elefantas, maternales, castísimas, perfectas.
Sé del sortilegio de las mujeres reptiles -los labios fríos, los ojos zarcos- que nos miran sin curiosidad ni comprensión desde otra especie zoológica.
Convulso, no recuerdo si de espanto o de atracción, he conocido un raro ejemplar de las mujeres tarántulas. Por misteriosa adivinación de su verdadera naturaleza vestía siempre de terciopelo negro. Tenía las pestañas largas y pesadas, y sus ojillos de bestezuela cándida me miraban con simpatía casi humana.
Las mujeres asnas son la perdición de los hombres superiores. Y los cenobitas secretamente piden que el diablo no revista tan terrible apariencia en la hora mortecina de las tentaciones.
Y tú, a quien de las acompasadas dichas del matrimonio a metamorfoseado en lucia vaca que rumia deberes y faenas, y que miras con tus grandes ojos el amanerado paisaje donde paces, cesa de mugir, amenazadora al incauto que se acerca a tu vida, no como el tábano de la fábula antigua, sino llevado por veleidades de naturalista curioso.
Un hombre habló con el Señor acerca del cielo y el infierno.El Señor le dijo a ese hombre: "Ven, te mostraré el infierno".
Entraron en una habitación en donde un grupo de personas se encontraba sentado alrededor de una enorme olla de guisado. Todos estaban desesperados y muertos de hambre. Cada persona sostenía una cuchara que tocaba la olla, pero cada cuchara tenía un mango mucho más largo que su propio brazo, de tal manera que no podía utilizarse para llevar el guisado a sus bocas. El sufrimiento era terrible. "Ven, ahora te mostraré el cielo", dijo el Señor, después de un tiempo.
Entraron en otra habitación, idéntica a la primera, la olla de guisado, el grupo de personas, las mismas cucharas con mango largo. Sin embargo, allí todos estaban felices y bien alimentados. "No comprendo", dijo el hombre. "¿Porque están felices aquí, si en la otra habitación se sienten miserables y todo es igual?"
El Señor sonrió. "Ah, es sencillo", respondió. "Aquí aprendieron a alimentarse mutuamente".
Es decir, mientras que en el infierno cada uno quiere comer con su cuchara y no es capaz de compartir con los demás, en el cielo cada uno piensa primero en el hermano y con su propia cuchara lo alimenta al otro.
Xalum pensaba:- Me gustaría hacer un libro que contuviera todos los poemas, antiguos y modernos, que cantan la grandeza de Dios. Noche y día esta idea le rondaba por la cabeza, desde la mañana hasta el anochecer. Xalum se decía que le haría falta mucho dinero y muchas jornadas de trabajo para publicar un libro tan extenso. Y así fue como, año tras año, se dedicó a ahorrar todo lo que podía ganar. Sus amigos también le daban dinero, unos mucho, los demás algunas monedas. A todos se lo agradecía Xalum con el mismo afecto. Así, diez años después, había reunido suficiente dinero para empezar la edición. Aquellos días unas grandes lluvias inundaron la ciudad donde vivía Xalum y mucha gente se encontró sin alimentos y sin casa. Xalum no lo pensó lo más mínimo y repartió entre la gente los fondos que había reunido. Y se puso a trabajar de lo lindo para recuperar lo que había dado. Algunos años más tarde, una terrible epidemia asoló el país. Xalum otra vez repartió su dinero para ayudar a la gente. Por tercera vez empezó su trabajo. Se había hecho viejo y se cansaba mucho, pero la esperanza de ver acabado su libro le daba fuerzas. Finalmente, al cabo de veinte años, pudo terminar la publicación de su libro. Todo el mundo alabó su trabajo y los sabios más notables del país hablaron en sus congresos. Pero la gente de la ciudad, al hablar de Xalum a sus hijos, decían siempre: - En realidad Xalum hizo tres libros y los dos primeros aún son mucho mejores que el tercero
Esta noche será la ultima que pasemos juntos, al amanecer partirás y buscaras tu felicidad. Al llegar la aurora boreal, el búho pensativo la miro. -Ha llegado la hora de que seas feliz bella hada. -Si, tienes razón. Contesto el hada sonriéndose.Córtame las alas que no quiero volar…
La doctora Garden descendió los veintiocho escalones que separaban el despacho de recepción. Gracias a la rutina diaria lo hizo con una soltura impropia para su edad, aunque con alguna cabriola ocasionada por un molesto reuma que le afectaba las extremidades izquierdas, un reuma zurdo como ella misma solía llamarlo. En la verja de entrada esperaba la nueva asistenta que mandaban del ministerio de asuntos sociales. Otra pobre infortunada que no aguantará más de dos meses, tiene la misma cara de susto que todas. Tatiana esperaba de pie tras la verja, nerviosa ante el examen más importante de su vida, maravillada ante la belleza del refugio, sobrecogida incluso por la atracción irresistible del lugar. El refugio era en realidad un edificio colonial mantenido gracias a las donaciones de magnates anónimos y sostenido contra viento y marea por la abnegación de la doctora Garden. Unos jardines maravillosos cercados de boscaje bajo las montañas de nieves perpetuas. El abrigo de los desamparados, el destino de muchas voluntarias que sintieron el impulso de misionera allá, en el ostracismo de la gran ciudad. Sin embargo todas ellas infelices sufrieron el revés del destino. Ninguna de ellas descubrió la luz en el mundo nebuloso de los más necesitados, de los desamparados. Todas ansiaron cambiar sábanas, alimentar al tullido, inyectar antibióticos, sacarlos al patio en recreo y arroparlos en la noche. Y lo tuvieron que hacer, pero además de cambiar las sábanas tenían que lavarlas, tenderlas, plancharlas y colocarlas de nuevo. Los tullidos tenían estómago, y alguno muy suelto, y las cucharadas de puré que tragaron apenas cinco minutos antes salían sin permiso por entre los pijamas. Las inyecciones con ayuda de otra voluntaria, había que moverlos para que se sintieran vivos, frotarlos para evitar las úlceras, duchar a quien se podía y bañar al resto, peinarlos y acicalarlos para que estuviesen presentables para las visitas familiares que a veces se cumplían. Salían con facilidad al patio, recogerlos era otro asunto, porque era difícil negarles la pequeña sensación de libertad que les quedaba. Las noches de guardia librada tocaba alboroto, pues muchos de ellos parecían esperar la noche para fastidiar en lo posible, incluso muchos recuperaban una lucidez momentánea que los especialistas achacaban a la Luna. Y aún faltaba algo, algo que ninguna de las asistentas pudo adivinar, que ninguna de las anteriores supo concretar… Algo que las devolvió sin honores al mundo real del que habían intentado huir… Tatiana se aclimató con nota, tanto que incluso sorprendió a la doctora Garden. A pesar de los traspiés de novata consiguió sobreponerse con un esmero y dedicación que hasta el momento no había conseguido ninguna de sus antecesoras. Solo lleva tres semanas. Sí, porque la crisis de resistencia espiritual acordaba unos plazos, y la doctora Garden podía descubrirlos en los rostros desencajados con un margen de error de apenas dos días. Tatiana empezó a sospechar que además de su entrega faltaba algo que no conseguía descubrir, no todo consistía en sacrificarse, eso de momento estaba resuelto. Enfrascada en las sensaciones de la novedad no había tenido tiempo ni de quejarse, estaba rendida, con dolores de espalda, calambres en las manos y con los nervios a flor de piel. La crisis comenzaba… Las noches libradas de guardia y de alborotos lloraba a lágrima viva, por ella y por ellos. Por ella porque sentía, a pesar del esfuerzo, que su trabajo era inútil, y porque sufría con la fatalidad de los otros, porque hasta entonces había sostenido la entereza de su persona con la fe del mismo Dios que le inculcó su madre, y descubrió que no era suficiente porque estaba empezando a derrumbarse… Por ellos, porque nacieron personas y ahora consumían sus almas en el estercolero de la sociedad, un lugar abandonado de la mano de Dios donde a lo mejor un día tendría que regresar como paciente, y no estaba preparada para eso. Era una noche de guardia. Tatiana a pasitos cortos sobre el suelo de madera, abstraída en las vetas de madera, contándolas como tantas otras noches para adivinar en cual decidiría abandonar. Pero perdió la cuenta porque el rielo de luna sobre el barnizado le mostró un rastro de sangre. Con un vuelco en el corazón disparó la alarma silenciosa que avisaría a la doctora Garden. Llegó con la cojera zurda pero a carrera limpia. Siguieron el rastro por toda la sala hasta un recodo que conducía al almacén. Acurrucada en la esquina de la puerta y sobre un charco de sangre encontraron a Lorena, tenía clavado un tenedor en el pecho. Lorena era un alma en pena, un despojo de carne inservible que solo demostraba vida en los espasmos que la sacudían. Un trozo de carne que en otro tiempo fue de mujer bella, arrebatadora, deseo de unos y envidia de otras. Hasta que el atropello del desgraciado borracho consiguió borrarle para siempre la sonrisa con que había nacido. Consiguieron salvar a Lorena, pero el tenedor quedaría hincado para siempre en la memoria de Tatiana. Tatiana había solventado tres meses cuando un nuevo percance sacudió el orden inestable del refugio: Arturo se había colgado de una viga. Nadie supo como lo consiguió, pero hacía tiempo que la doctora Garden temía un final parecido. Arturo, atleta universitario, un alumno aplicado y el deseo de muchas adolescentes. Hasta que una enfermedad tan desconocida que no tenía ni nombre le asaltó a traición y lo postró para los restos en una silla de ruedas. Parapléjico, tartamudo y con el llanto perpetuo en las visitas de sus padres no se podía esperar otro final, la doctora Garden lo sabía. Tatiana siguió resistiendo con terquedad, más por obsesión que por convicción, pero sospechaba que perdería la batalla final, las grietas en su voluntad eran cada vez más profundas. Resistió con solo dos lágrimas la muerte del carpintero sin manos que se murió de pena. Superó el aborto sangriento de la más loca que seguía jurando por siempre que el feto era obra del diablo. Un sollozo por la muerte de la madre del niño con huesos de cristal, ya nadie vendría a verlo. Y los llantos en las noches perpetuas, los aullidos de dolor en las atenciones médicas, la ciega que nunca hablaba y que le rogó ayuda para morir con dignidad… Y el desconcierto de los recién llegados, inocentes ellos que todavía mantenían el brillo del milagro en los ojos… Tardó siete meses en rendirse. Y lo hizo porque el secreto del problema que no descubría no se encontraba en limpiarles los pañales embarrados, ni blanquearles las sábanas y atinarles el puré en la boca… No por la falta de las piernas de atleta, los ojos hermosos que nunca más acariciarían las nubes, las manos sabías de manualidades, la cárcel con ruedas o los espasmos de chiflado. El secreto se escondía tras la máscara de sufrimiento, no eran desgraciados porque les faltasen las manos o las piernas, no lo eran porque la ceguera o el espíritu los hundiera en el fango del mundo oscuro… Eran desgraciados, y lo serían por siempre, porque necesitaban amor, y Tatiana no podía darles más, no tenía ni para ella misma. La doctora Garden descendió los veintiocho escalones que le separaban de la entrada. En la verja le esperaba la chica que mandaban del ministerio. Otra pobre infortunada que no aguantará más de dos meses, tiene la misma cara de susto que todas…
ZAR.
Zar, es el hermano de mi amiga-hermana, es una maravilla de escrito, se que le han concedido un premio!!...pero no se cual, es lo mismo.....